dimarts, 25 de maig del 2010

CORRUPCIÓ A SANTA COLOMA DE GRAMENET

Fa uns dies que La Vanguardia fa crònica del fets de Santa coloma, el cas Pretòria.

Avui la periodista M. Dolores Garcia publica un article del que agreixo especialment el darrer paràgraf:

M. DOLORES GARCÍA | 25/05/2010 | Actualizada a las 00:57h | Política
La lectura de los informes policiales del caso Pretoria nos adentra en un mundo de compincheo apasionante. Resulta ilustrativo comprobar las excelentes relaciones que pueden mantener políticos de diferente extracción con un objetivo común. Veamos algunos de los personajes de la trama:

La estrella es Luigi, ex diputado del PSC. Un joven espabilado de origen modesto que ingresa en la UGT y va escalando posiciones hasta barnizarse de hombre de negocios. No es una especie única. En los primeros años de la democracia, algunos listillos se subieron al carro del PSC y acabaron de diputados o alcaldes. El primer condenado en España por tráfico de influencias fue el alcalde de l'Hospitalet Juan Ignacio Pujana. Llevaba quince años en el cargo. De esa hornada de pequeños barones que se enseñoreaban en sus municipios, alguno salió rana.

El socio de Luigi es Bartomeu Muñoz, Bartu, alcalde de Santa Coloma, "el señorito". El señoritismo alude a un mito de la derecha andaluza, pero leyendo esos informes policiales uno apostaría que es una condición transversal, no en vano el diccionario la define como "tendente a la ociosidad y la presunción". Bartu explica que su plan es estar ocho años más como alcalde. Se lo cuenta al empresario al que prolonga chanchulleramente la contrata de limpieza y, con ese desparpajo del que se cree impune, le pide unas "pijotadas" (que ascienden a un total de 6.000 euros), que se deduce que subvencionarán a entidades locales... Ahí se ve a Bartu suelto en el papel de pequeño cacique. Es un político con encanto. De familia adinerada, sus lujos no despiertan sospecha. Pero parece que necesita ingresos extra, al menos de un millón de euros...

Los retratos de Prenafeta y Alavedra, ex altos cargos de CiU, no por conocidos, resultan menos reveladores. De familia humilde, Prenafeta era el fontanero de Pujol en los años ochenta. Nunca llegó a conseller, pero el ex president le proporcionó un poder rayano en lo despótico. Es consciente de que sus trapicheos le pueden reportar disgustos e insiste en pedir a sus interlocutores que no se delaten por teléfono. A Alavedra, en cambio, Pujol le nombró conseller de Economia y le utilizó como puente con la burguesía catalana. En los papeles policiales, Alavedra despacha con la banca andorrana o habla de "cobrar" como si no fuera consciente de que una cosa es ser comisionista en operaciones privadas y otra a costa de la administración. Los investigadores se sorprenden de que "a pesar de trabajar juntos", Alavedra se despache contra Prenafeta, a quien desdeña porque "no tiene dinero y le gusta entrar y salir y cuando sale, cobrar la comisión".

Como se ve, el tráfico de influencias no tiene fronteras ni ideología. Tras la lectura de los informes, sólo queda una rendija para el optimismo: si la corrupción siempre anida donde hay poder, regocijémonos de todos aquellos que evitaron sucumbir a la tentación...